Cultivar la lentitud


En el estilo de vida que tenemos en esta parte del mundo hay dos factores que nos tienen acelerados: la cultura de la productividad (hacer más, siempre más, en menos tiempo) y la sobreestimulación. Estos dos elementos están presentes tanto en la vida de los adultos como en la de los niños y tienen gran influencia sobre el funcionamiento de nuestro cerebro, por lo tanto sobre nuestra creatividad. Veamos por qué.

Partimos de la idea de que la creatividad requiere una mirada más profunda sobre las cuestiones de siempre: para hacer algo diferente se necesita traspasar la barrera de lo que se conoce y lo que se ha hecho hasta ahora, de ahí que sea necesario un abordaje lento y profundo de los problemas que se quieren resolver. Pero tanto la exigencia de productividad, como la sobreestimulación impiden llegar a este enfoque profundo e innovador.

La cultura de la productividad, la de hacer más en menos tiempo, requiere optimizar los procesos de modo que ocupen menos tiempo y energía. Para lograr esto hay que crear rutinas eficaces que nos lleven del punto A al punto B, rutinas que se perfeccionan y consolidan en el tiempo. Este modo de proceder es muy propio del hemisferio izquierdo del cerebro y nos resulta muy útil en gran cantidad de situaciones. Por ejemplo, para abordar las tareas domésticas de modo que ocupen la menor parte de nuestro tiempo, energía y pensamientos y así dedicar mayor tiempo a las cosas importantes, es bueno establecer rutinas. 
El problema viene cuando la aceleración que llevamos y el ansia por abarcar más nos lleva a crear rutinas en todos los aspectos de nuestra vida. En primer lugar, porque la rutina es el polo opuesto de la creatividad. Pero lo más relevante es el hecho de que hay aspectos de una vida que son demasiado importantes como para dejarlos en manos de las rutinas: las relaciones con los demás y con uno mismo, el trabajo (o la obra) que uno ha venido a hacer en este mundo, el desarrollo como personas, etc. También hay acontecimientos, crisis o conflictos que requieren ser abordados con atención o con un enfoque nuevo, para lograr dar con una solución diferente. En todos estos casos, las rutinas no hacen más que perjudicarnos, es preciso abandonar el concepto de "eficiencia productiva" y buscar la calidad de los resultados, independientemente de cuánto tiempo va a costar dar con la solución.

En cuanto a la sobreestimulación, viene a minar tanto nuestra productividad como nuestra capacidad creativa. La sobreestimulación ataca la capacidad de enfocar, de concentrarse en un asunto por tiempo suficiente como para ahondar en éste. Y la realidad es que estamos viviendo en un entorno de alta contaminación sensorial y emocional, a todos los niveles: 

  • ruido (contaminación auditiva): ya sea por tráfico, obras, festejos (gritos, pirotecnia, música alta), locutores o presentadores estridentes, notificaciones del propio teléfono o el de los demás y un larguísimo etc. Presta atención, en este mismo instante, a todos los sonidos que escuchas, uno por uno. Anótalos en un papel y después observa la lista de tu contaminación acústica. Estoy segura de que es considerable.
  • luz y color (contaminación visual): publicidad vistosa, vestuario colorido, aplicaciones y software llamativo, leds de notificación en los dispositivos, pantallas emergentes, semáforos y señales de tráfico, avisos luminosos (en fiestas puedes añadir los adornos de las calles y hogares), cine y videojuegos con grandes cambios visuales a ritmo trepidante... y otra larguísima lista. Haz la tuya si quieres ser más consciente.
  • acontecimientos (contaminación emocional): fiestas, noticias impactantes, noticias indignantes, publicidad emocional... Prueba a anotar hoy todos los estados de ánimo que has experimentado a raíz de información que te ha llegado del exterior. Estoy segura de que con solo 20 minutos en cualquier red social (especialmente en Facebook) habrás experimentado toda la gama de emociones humanas; a lo largo de un día entero el vaivén puede ser abrumador.

Todos y cada uno de estos estímulos envían una señal de alerta al cerebro: algo requiere su atención para poner en marcha las medidas de protección oportunas. Un sonido es una señal de alerta para el sistema nervioso, también lo es una luz intermitente o un sentimiento intenso. Solo que en este caso los estímulos no requieren de ninguna acción por nuestra parte, porque son estímulos artificiales que nada tienen que ver con nuestra supervivencia. Esto es la sobreestimulación y a lo que nos conduce es al estrés. 
Lo más grave es que, una vez acostumbrado a este ritmo de estímulos (aunque sean estériles), el cerebro se queda atrapado en ese ritmo y busca continuamente más y más estímulos. 

Te acabo de describir lo que ocurre con un adulto y seguro que te has estresado solo de leerlo. Imagina ahora qué ocurre cuando hablamos del cerebro de un niño, que está sometido a estos mismos estímulos y a algunos más, propios de su edad. Al recibir tantos estímulos desde pequeños y estar sometidos a este ritmo frenético desde que tienen uso de razón, los niños pierden la oportunidad de desarrollar su capacidad de concentración, de mantenerse centrados en una tarea o juego durante un tiempo razonable. Buscan más y más estímulos cada vez. Este es el caso de la mayoría de niños diagnosticados con déficit de atención o hiperactividad: no son niños hiperactivos, son niños hiperestimulados (con el agravante de falta de ejercicio suficiente). Sus cerebros (más sensibles que los de un adulto) reciben excesivas señales de alerta, el estado de alerta aumenta la adrenalina y la adrenalina hace que anden acelerados.

Entonces ¿cómo solucionamos esto? Lo cierto es que no es tarea fácil. Aquí no hay recetas mágicas que valgan: estamos viviendo en un medio y una sociedad que no va a cambiar porque nosotros lo digamos, o por lo menos no hasta que haya una masa crítica que así lo exija. No podemos ignorar el entorno, ni podemos evadirnos de éste por completo. No nos podemos esconder en una burbuja junto a nuestros niños, para siempre. La única opción que nos queda es implementar espacios que sean como islas de calma en medio de este caos, mediante actividades atractivas, pero de poca contaminación sensorial o emocional:


  • excursiones en la naturaleza (sin más sonidos que los propios de la naturaleza; apaga el teléfono, no lleves música)
  • actividades que requieran paciencia e inciten al silencio (como algunas técnicas de dibujo)
  • actividades creativas en solitario que estimulen su intelecto (retos) y requieran concentración (construcciones e inventos)


Puedes empezar implementando pequeños espacios de 30 minutos diarios, para ir aumentándolos poco a poco a medida que los niños se acostumbren. Cuando bajar el ritmo se convierte en un hábito diario, se convierte en una necesidad que uno busca a apropósito y este es el mejor regalos que puedes hacerles a los niños de cara a su bienestar presente y futuro.


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