Cómo manejar el ruido en el aula



Una de las ideas con las que más en desacuerdo estoy y que se lleva a la práctica tanto en la educación formal como en la no formal es que los niños deben guardar silencio. Toda la organización y metodología de las actividades se basa en esta idea. Muchas veces se evita incorporar actividades novedosas y creativas para evitar que el entusiasmo desborde a los niños. Mientras tanto el odioso imperativo "¡callaos!" está a la orden del día. Este imperativo está al orden de cada día y de cada clase. Lo terrible es que muchas de las actividades creativas que se podrían realizar son descartadas por temor al ruido y al entusiasmo infantil.


Este despropósito nace de una falsa premisa, que es la de que solo las actividades que les entusiasman van a generar ruido. Se piensa que, si en el momento en que se les pide estar callados hablan, al dejarles hablar se crearía el caos. Es cierto que el caos puede llegar, pero éste no viene dado por el tipo de actividad, sino más bien por la forma de proceder del educador. La realidad es que tanto el entusiasmo como el aburrimiento van a generar ruido en clase y la única opción que tenemos los adultos es escoger el motivo por el que se genera este ruido. Yo prefiero que sea por entusiasmo, no le veo ningún sentido a retener en contra de su voluntad a un grupo de niños aburridos que no tienen ningún interés en lo que les estoy contando y que, para evadirse de mis monólogos, tienen que inventarse juegos a escondidas. Prefiero que mi rol sea el de encauzar nuestro juego común, con un beneficio y disfrute de los niños, al rol de vigilante que impide juegos ajenos. 
Si te dedicas a trabajar con niños, tienes que asumir el ruido como parte de tu trabajo (y si lo que necesitas es silencio, la profesión de bibliotecario/a es mucho más adecuada para ti). El trabajo y la misión de un educador no es en ningún caso contener, sino entusiasmar. 

Lo cierto es que los niños son ruidosos por naturaleza. Por lo que llevo observado en más de 20 años de trabajo con ellos, hay dos cosas que no son capaces de hacer por iniciativa propia: hablar bajito (ellos gritan) y caminar despacio (ellos corren). Cierto es que, cuando se trata de un grupo más numeroso y no de uno o dos niños, hay que moderar estos impulsos naturales, para hacer posible el entendimiento, pero el enfado no es eficaz y tampoco es justo, ya que se trata de un impulso incontrolable para ellos. Lo más sensato es estar pendiente de cómo evoluciona este ruido y moderarlo de manera continuada con un simple recordatorio.

¿Cómo mantener este nivel aceptable de movimiento y ruido? La mayoría de educadores dictan la norma de "no hablar" o "no gritar" y esperan que por el simple hecho de existir esta norma, los niños la respeten. Pero esto no es posible, porque no es una norma natural, sino una norma que hemos creado nosotros para poder manejar grandes grupos de niños en un aula. Por lo tanto es una norma destinada a ser ignorada una y otra vez a lo largo de todo el día, en concreto cada vez que los niños se dejen llevar por su naturaleza, es decir cuando fluyan con la actividad o cuando se aburran tanto que su mente se vaya por las ramas. 
Como mencionaba antes, hay que recordarles constantemente que bajen el volumen de voz. "Cállate" o "callaos" es una falta de respeto hacia ellos y sin duda una imposición dada desde una postura de superioridad, por lo que no será ni bien recibida ni atendida por los niños. Resulta mucho más efectivo recordarles amablemente que, por ser tantas personas participantes, si no bajan la voz es imposible realizar la actividad. Es decir, en vez del imperativo, mejor una petición con su correspondiente explicación (cada vez, sí, como si nunca se hubiera explicado antes). Otro de mis métodos más eficaces es el de no empezar a explicar la actividad hasta que no me escuchan; con verme esperando y sin hablar, ellos ya entienden que deben prestar atención y se reclaman silencio los unos a los otros para poder escucharme y empezar. Y, en todo caso, es imprescindible sustituir el imperativo "¡callad!" por la petición "escuchad". Te garantizo que el efecto que tiene sobre los niños, sobre todo a largo plazo, es muy positivo.

Pero ¿cómo manejar una verdadera revolución en el aula? ¿Y si llega el caos? Si el ruido no se ha estado moderando de forma continuada, puede darse el caso de que los niños resulten ya incontrolables, de que ya no atienden a las indicaciones de mantener un volumen de voz aceptable y haya incluso riesgo de accidentes. Pueden surgir conflictos y disputas entre ellos y hasta la actividad puede llegar a tomar rumbos inesperados e indeseados. Si ocurre esto significa que los niños están sobreexcitados. En toda mi trayectoria no he encontrado otro modo de manejar las revoluciones más que deteniendo toda actividad y movimiento por tiempo de unos pocos minutos, con la correspondiente explicación del motivo (en el caos no se puede realizar la actividad). Hay que volver al punto de energía y movimiento "cero", dejar que se asienten en este punto, para después continuar. Partiendo desde el punto de movimiento cero, los niños volverán a actuar con moderación para ir ascendiendo poco a poco, si no se mantiene conscientemente el nivel deseado. Esto es algo que hay que tener muy claro: toda actividad o movimiento de los niños tiende a ascender en su intensidad (este ascenso puede llegar al infinito a menos que se produzca el llanto primero) y debe haber un esfuerzo consciente para mantenerla en limites manejables, pero también razonables con respecto a las necesidades de los niños.

En cuanto a los límites razonables para los niños, estos deben incluir la libertad de expresarse, como mínimo. No puede haber aprendizaje sin participación y no puede haber participación sin expresarse. Pedirles que estén en silencio es lo mismo que pedir que no participen ni se involucren en la tarea. Por añadidura, hay que tener en cuenta que esta expresión (intensa y permanente) es una necesidad básica de los niños, que no son más que personas en búsqueda de su identidad personal, de respuestas sobre el mundo que les rodea y sobre el lugar que deben ocupar en él. Todo este camino de desarrollo no puede hacerse con restricciones para hablar solo en determinados (y escasos) momentos al día. Ellos necesitan confrontar permanentemente sus recién adquiridas verdades para consolidarlas, necesitan relatar todo lo que observan o les ha sucedido para escuchar la opinión de sus referentes al respecto, necesitan ser escuchados para sentir que forman parte del grupo. Se trata de necesidades muy razonables y comprensibles, que cualquiera de nosotros tendría y ha tenido en su momento.

En resumen, si vas a trabajar con niños, tienes que asumir el ruido como parte de tu trabajo y, ya que va a haber ruido, mejor que sea por entusiasmarles que por aburrirles. En vez de esforzarte en lograr el imposible silencio, esfuérzate en mejorar tus habilidades para moderar y manejar el ruido de manera que no llegues nunca al caos.


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Comentarios

  1. Hablas de niños como un grupo homogéneo, también hay niños que prefieren el silencio para trabajar y que les crea ansiedad el jaleo. Y es ahí dónde veo más problema en el trabajo de un profesor. Cómo trabajar con un grupo que demanda distintas cosas.

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    1. Es cierto que hay niños más introvertidos y silenciosos que otros, pero incluso éstos cuando se entusiasman arman jaleo.

      Creo que aquí lo esencial es qué entendemos por "trabajar". Yo, cuando hablo de " trabajo de los niños", me refiero siempre a un trabajo con marcado enfoque lúdico. Y si es juego, hay ruido por parte de todos, inclusive los que mencionas. Y si hay participación, hay competición por hacerse oír, es decir, más ruido.
      Ahora, si al decir "trabajo" nos referimos a hacer fichas, cada una la suya, cumpliendo tareas en un cuaderno sin más, pues sí, hay niños que prefieren que los demás estén en silencio (ojo, solo los demás, jamás prefieren el silencio propio, salvo bellísimos momentos de absorción en algo que les encanta).

      Tal vez el problema no sea que los niños demanden distintas cosas, sino que el sistema no es adecuado para los intereses y características de sus destinatarios.

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