Apps para desarrollar la creatividad de los niños

Imagen
Este artículo nace a raíz de una conversación en el muro de Facebook Laura Mascaró, donde me he comprometido a escribirlo. El tema es la tecnología. Hay muchos padres y madres que se resisten a acercar a sus hijos a la tecnología, creyendo que les perjudica o que perderán las habilidades analógicas, etc. Pero lo cierto es que esta privación del acceso a las herramientas, que han venido para quedarse, abre una brecha de habilidades y destrezas entre estos niños y los que sí tienen esta oportunidad, una brecha que se agranda cada vez más y que puede suponer una gran desventaja competitiva en su vida adulta.

Las verdades que les contamos a los niños

Anteayer, gracias a un afortunado retuit de HomoMínimus, leía un artículo en el blog de Raúl Hernández que habla de algunas verdades de la vida. Lo recomiendo, es un buen artículo, igual que resulta interesante leer los comentarios. El artículo habla de que no se puede pretender vivir de lo que a uno le gusta, que la sociedad no le debe nada a uno y, si lo que te gusta no aporta un valor, tendrás que ocuparte de esto en tu tiempo libre.

Estoy de acuerdo con gran parte del planteamiento del artículo, es verdad, me guste o no me guste esa realidad, lo cierto es que en esta sociedad no se puede sobrevivir si no se aporta un valor. Nadie tiene obligación de subvencionarle la vida a nadie y de hecho no se hace. Pero no estoy de acuerdo con la idea de abandonar lo que a uno le gusta porque en principio no tiene pinta de ser rentable.

A lo largo de mi vida he orientado a muchísimos jóvenes que andaban perdidos, tan perdidos que de haber seguido por ese camino habrían sido carne de prisión. Lo que he aprendido con ellos es que no se puede educar a una persona estable, equilibrada y feliz imponiéndole modos de vida que van en contra de su naturaleza. No se puede, de ningún modo. 

El mayor fallo de las personas que educamos a niños (propios o no) es intentar inculcarles una verdad que les resulta ajena. Y es un fallo porque no existe tal verdad, cada cual va a contar la vida según le fue, cada cual va a defender aquella opción que escogió en su momento. Los adultos necesitamos defender lo propio como la única verdad, porque así nos justificamos ante nosotros mismos, porque nuestro ego necesita tener razón o porque no conocemos otra cosa. El funcionario va a defender su opción, el empresario la suya, el nómada la suya y el bohemio la suya. El titulado va a defender los títulos y el autodidacta va a defender el autoaprendizaje. El sosegado va a defender la seguridad y el aventurero el riesgo. 
Pero esto no son verdades, son solo opciones. Yo he sido educada en la opción que había en mi familia y tú en la que había en la tuya. ¿Pero qué ocurriría si una persona fuera aventurera y le inculcaran la estabilidad y el funcionariado (o al revés)? ¿Conseguiría ser feliz alguna vez con una vida contraria a lo que le pide su naturaleza?

Una vez, un niño que andaba muy confundido por las "verdades" contradictorias y excluyentes a las que estaba siendo sometido, acudió a mí, sabiendo que nunca miento, para que le clarifique la cuestión que le atormentaba: ¿Dios existe? Le dije la verdad, por supuesto, le dije que no lo sabía y que nadie lo sabía; después le expuse las distintas creencias al respecto y las distintas religiones y le invité a que leyera sobre esto y formara su propia opinión. Él nunca supo cuál era mi creencia al respecto, porque no era lo que buscaba, él buscaba la verdad.
Del mismo modo, cuando enseñamos a un niño cuál es el camino (funcionariado, empresa, vida bohemia, correduría de bolsa, etc.) le estamos enseñando nuestra creencia, pero no la verdad. Y lo que ha funcionado bien para nosotros, no tiene por qué funcionar bien para esa pequeña persona, con sus gustos y con su personalidad propia. Creyendo hacer lo mejor para los niños, corremos el riesgo de condenarles a una vida que les haga completamente infelices. 

Entonces ¿cuál es la solución?
En primer lugar hay que escuchar. Hay que escuchar a los niños hasta llegar a conocerles, hay que traducirse a uno mismo aquello que ellos todavía no tienen la habilidad de expresar. Hay que dejar de lado el ego (donde hay amor, el ego sobra) y aceptar que nuestra verdad no tiene por qué ser también la suya y hay que ser capaces de aceptar otras verdades. Una vez hecho esto, hay que enseñar a los niños que, sea cual sea el camino que elijan, tendrán que ganarse los méritos, que sin trabajo no hay recompensa, que sin esfuerzo no lo van a lograr. Y, por último, hay que desarrollar su creatividad para que, llegado el momento, sepan encontrar fórmulas con las que aquello que les gusta, por absurdo que sea, pueda aportar un valor por el que la sociedad esté dispuesta a pagarle. Hay que enseñarles a generar ideas nuevas para crearse una vida a su medida: aunque en un principio lo que les gusta no tenga pinta de ser rentable, si se combina lo que les apasiona con alguna otra cosa de la manera adecuada, podrán labrarse un futuro en el que también quepa la felicidad. 

Si te ha gustado este artículo puede que te interese también:


Comentarios

Entradas populares de este blog

Apps para desarrollar la creatividad de los niños

La paciencia

Por qué los niños son más creativos