Apps para desarrollar la creatividad de los niños

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Este artículo nace a raíz de una conversación en el muro de Facebook Laura Mascaró, donde me he comprometido a escribirlo. El tema es la tecnología. Hay muchos padres y madres que se resisten a acercar a sus hijos a la tecnología, creyendo que les perjudica o que perderán las habilidades analógicas, etc. Pero lo cierto es que esta privación del acceso a las herramientas, que han venido para quedarse, abre una brecha de habilidades y destrezas entre estos niños y los que sí tienen esta oportunidad, una brecha que se agranda cada vez más y que puede suponer una gran desventaja competitiva en su vida adulta.

El pecado de no saber

Una de las cuestiones que más aleja la escuela de ser un lugar creativo es que ha convertido el no saber en un pecado casi capital. Puesto que toda la estructura se basa en dictar unos conocimientos (de manera más o menos participativa) que después tendrán que ser almacenados en la memoria y en calificar en números la cantidad de información registrada, no saber supone un fracaso en el aprendizaje. Por este motivo muchos niños acaban por ocultar las cosas que no saben. En muchísimas ocasiones me he encontrado con miradas de miedo o vergüenza cuando se desvelaba que un niño no sabía alguna cosa.


No saber es la cosa más natural del mundo y es lo que nos define a todos nosotros. Nadie sabemos. Podemos conocer algunas cosas sobre uno, dos o cuatro temas concretos, pero siempre habrá miles de otros temas que jamás hemos tocado, sobre los que no hemos debatido, leído o escuchado. Y en cada uno de estos temas hay especialistas que saben gran cantidad de cuestiones. 
Hace algunos años había una oleada de descalificación hacia los "analfabetos tecnológicos". Especialistas en la materia se enfadaban con el usuario común, se burlaban y concluían que si no saben, que no usen las tecnologías. Por esta misma regla yo no debería comer pan porque no sé hacer pan (y, de hecho, creo que la mayoría de los que hacían una afirmación así, no deberían comer pan).

Como consecuencia de este fenómeno en la escuela, el de la penalización de no saber, nos encontramos en la vida real con personas que realmente no saben ni de lo suyo, pero han aprendido a disimularlo bien: hablan con palabras rimbombantes, citan a expertos, estructuran sus frases de manera enrevesada, frases larguísimas, por cierto, de modo que al final no se entiende nada de lo que están diciendo, pero suena fenomenal. Ante este despliegue dialéctico que nadie entiende, lo normal sería pedir aclaraciones, pero como no saber está tan mal visto, lo que suele ocurrir es lo mismo que en el cuento del traje del emperador: todos dicen entenderlo perfectamente y reconocer la citas y hasta añaden sus propias citas y discurso enrevesado. Y así estas personas se colocan en la cabeza de los expertos, y siguen creando polución y desconocimiento que se propaga vestido de erudición. En mi opinión, el que de verdad sabe, lo cuenta tan sencillo que cualquiera lo pueda entender y ésta sería la transmisión verdadera del conocimiento.

En cuanto a la creatividad, la penalización del desconocimiento es absolutamente nefasta: si los niños no se atreven a preguntar, no solo que jamás aprenderán, sino que reprimen tu curiosidad. Y tampoco se atreven a preguntarse; al igual que en el traje del emperador, asumen que son más tontos que los demás (aquellos que en realidad hacen ver que saben) y no le ven sentido a indagar más allá. Asumen una identidad que ni de lejos les pertenece, su autoestima baja y poco a poco se van conformando con ser alguien del montón. 


¿Y si en la escuela (y en todas partes) aceptáramos la ignorancia como condición humana natural? ¿Y si fuéramos tan inteligentes como para admitir que es imposible dejar de ser ignorantes, porque por mucho que estudiemos siempre habrá más y más conocimiento esperándonos en cada libro y en cada persona con la que interactuamos? Admitir la ignorancia sin remedio es el primer paso para ser más inteligentes, más humanos y más receptivos. Y, por supuesto, más creativos.

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