Apps para desarrollar la creatividad de los niños

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Este artículo nace a raíz de una conversación en el muro de Facebook Laura Mascaró, donde me he comprometido a escribirlo. El tema es la tecnología. Hay muchos padres y madres que se resisten a acercar a sus hijos a la tecnología, creyendo que les perjudica o que perderán las habilidades analógicas, etc. Pero lo cierto es que esta privación del acceso a las herramientas, que han venido para quedarse, abre una brecha de habilidades y destrezas entre estos niños y los que sí tienen esta oportunidad, una brecha que se agranda cada vez más y que puede suponer una gran desventaja competitiva en su vida adulta.

Qué es una trastada

Uno de los requisitos que debe cumplir un adulto para mantener viva la creatividad infantil es la empatía. Solemos pedírsela a los niños, pero no devolvemos siempre lo mismo. Buen ejemplo de ello es la manera en la que reaccionamos a las trastadas de los niños. 

Pasamos mucho tiempo trabajando para conseguir un dinero con el que comprar cosas y esto hace que tengamos verdadero aprecio a estas cosas y no sólo a su utilidad, sino también a su apariencia perfecta, pues son el fruto de nuestro trabajo. Los niños, en cambio, no tienen ningún aprecio a esas cosas, no saben cómo aparecieron ahí, ni les interesa. Para ellos la cosas son material a explorar o con el que experimentar. Son incapaces de comprender que para nosotros tenga tanto valor mantener las paredes sin dibujos, o que nos cueste tanto trabajo limpiar la pintura con la que han adornado el suelo. Para ellos lo importante es la experiencia y el impulso de hacer estas pinturas, de montar una guerra de huevos o... Bueno, no voy a dar más ideas, ellos ya tienen bastantes.

Cuando los niños hacen una trastada de este tipo, les reñimos, para que sepan que esto no se hace. Pero en realidad ¿por qué no? ¿Por qué tanta rectitud y por qué tenemos que enseñarles que esto no se hace? ¿Acaso no lo aprenderían ellos solitos después de experimentar? 
El problema es que en este afán educativo, el día de la trastada concluimos que se han "portado mal".
Los niños simplifican la idea: me he portado mal, soy un niño malo (la simplifican ellos mismos en el mejor de los casos, en el peor se les dice directamente que son malos). Y así, desde bebés cuando tiran la papilla al suelo o pintan toda la mesa de puré de manzana con sus pequeñas manos de artista, los niños comprenden que está mal experimentar. Por suerte, su instinto es más fuerte que nuestras palabras y seguirán haciendo algunas trastadas a la menor ocasión, pero ahí queda el mensaje sobre su iniciativa y sus ganas de probar: está mal. Después escuchan hablar a los adultos sobre otros niños, que si éste es muy bueno, que si el otro obedece, que si el vecino nunca hace trastadas... y acaban pensando que así es como hay que ser, sin darse cuenta que es lo menos natural del mundo. Los niños que no hacen trastadas son los ciudadanos sumisos del futuro que tragarán con lo que haya que tragar, que jamás se harán preguntas y muchos menos se lanzarán a buscar las respuestas.


Las trastadas son exactamente eso: preguntas que se han formulado y su puesta en práctica. Así que antes de reñir e inhibir esta tendencia, preguntémonos ¿qué pasa si la pared tiene pinturas abstractas de colores? ¿Y qué si hay pintura de dedos en el suelo? ¿Y qué si se ha roto una docena de huevos? Admiremos esa obra de arte y aceptemos que, a fin de cuentas, nuestra casa también es su casa y en algún sitio tendrá que llevar a cabo sus experimentos mientras no haya ningún experimentódromo al que poder llevarles. Eso sí, después que ayuden a recoger: los artistas siempre recogen su taller después del trabajo. 

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