Apps para desarrollar la creatividad de los niños

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Este artículo nace a raíz de una conversación en el muro de Facebook Laura Mascaró, donde me he comprometido a escribirlo. El tema es la tecnología. Hay muchos padres y madres que se resisten a acercar a sus hijos a la tecnología, creyendo que les perjudica o que perderán las habilidades analógicas, etc. Pero lo cierto es que esta privación del acceso a las herramientas, que han venido para quedarse, abre una brecha de habilidades y destrezas entre estos niños y los que sí tienen esta oportunidad, una brecha que se agranda cada vez más y que puede suponer una gran desventaja competitiva en su vida adulta.

Con pulcritud y sin borrador

Cuando trabajo o creo algo, el primer paso es el borrador. El borrador (ese documento ininteligible y lleno de tachaduras, con muy mala letra y peores dibujos) me permite probarme sin miedo al resultado, explorar nuevas ideas, incorporar las que no me han llegado desde un principio, etc. Nuestro cerebro no trabaja de manera lineal que es la manera en la que escribimos, sino que va saltando de un pensamiento al otro combinando ideas y recopilándolas para ordenarlas después. Y éste es el primer paso del proceso creativo: poner sobre la mesa los ingredientes par ver qué es utilizable y qué no, de qué manera se pueden combinar estos elementos, etc. Yo tengo la suerte de haber adquirido esta costumbre desde la infancia, ya que siempre hacía mis deberes primero en borrador y luego los pasaba a limpio. Reconozco que no me gustaba y lo encontraba absurdo, para mí era como hacer el trabajo dos veces, pero este hábito ha resultado ser de lo más útil después.

Veamos qué es lo que hacen los niños hoy en día: fichas (muchas fichas) y también ejercicios directamente en el libro, donde tienen que completar lo que se les pida. Ni las fichas ni los ejercicio en el libro (que no son más que fichas encuadernadas) permiten la exploración ni el error, no enseñan a recoger las ideas primero para trabajarlas después, sólo se trata de rellenar huecos.
Cuando el trabajo se tiene que hacer en la libreta, ya no se inculca a los niños que hagan primero un borrador, sino que tienen que copiar el enunciado y realizar el ejercicio después. Con pulcritud, eso sí. Al trabajar así, lo que les estamos pidiendo a los niños es que hagan eso que no saben hacer y no han hecho nunca antes y, además, que lo hagan bien y con limpieza. 

El otro día estuve trabajando con una niña muy pequeña que durante dos horas hizo malabares para entender qué narices se le estaba pidiendo, aprender a hacerlo y manejar los espacios que el enunciado le dejaba. Finalmente la niña se decantó por entender y aprender a hacer las cosas y, como el texto no cabía en los espacios, resolvió continuar escribiendo en la hoja de la derecha de la libreta, como si ésta fuera un espacio continuo, en vez de un bloque de hojas con espacios separados e independientes. Me pareció una solución creativa a su problema, porque lo principal era que entendiera el ejercicio y los conceptos, así que la dejé hacerlo a su manera. Lamentablemente, no tardó en aparecer alguien diciendo que así no, que eso está mal, que tiene que ser todo en la misma hoja (con la consecuente desmotivación y otro granito de arena más en su entrenamiento para descartar el buscar soluciones propias, porque ya está todo escrito y no te puedes salir del redil).

Personalmente creo que esto es un error. Si nos ceñimos a límites y pulcritudes, a reglas estrictas sobre la presentación de los trabajos, entonces tenemos que enseñar a los niños a hacer un borrador primero, para que después puedan ordenar todas las ideas de manera ordenada y limpia. Si, en cambio, decidimos apostar por la espontaneidad de la tarea, vamos a dejar que la pulcritud sea un poco más laxa. Y, sobre todo, indistintamente del nivel de pulcritud que queramos obtener, cuando un niño encuentra una solución a un problema, lo que se debe hacer es valorar esta capacidad, porque valorándola es como vamos a conseguir mantenerla viva. Decir a un niño que algo de lo que ha hecho está mal es como una bofetada a su almita, ellos sólo quieren ser valorados y valiosos, así que, cuando queramos corregir alguno de sus hábitos, mejor descartar etiquetas como "bien" y "mal".

Supongo que la maestra del colegio habrá evaluado mal el ejercicio hecho por la niña. Le "permití" además que se expresara con sus palabras, en vez de hacérselo borrar una y otra vez para que su trabajo fuera una simple enumeración de nombres separados por comas, que es lo que se pedía. Supongo que a mí también se me puede evaluar mal, si mi función era la de guardián para el mantenimiento de los sistemas establecidos. Pero la niña ese día entendió por fin qué era un nombre y como distinguirlo del resto de palabras,  ya que se le permitió abordar los retos de uno en uno y a su manera.


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