Apps para desarrollar la creatividad de los niños

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Este artículo nace a raíz de una conversación en el muro de Facebook Laura Mascaró, donde me he comprometido a escribirlo. El tema es la tecnología. Hay muchos padres y madres que se resisten a acercar a sus hijos a la tecnología, creyendo que les perjudica o que perderán las habilidades analógicas, etc. Pero lo cierto es que esta privación del acceso a las herramientas, que han venido para quedarse, abre una brecha de habilidades y destrezas entre estos niños y los que sí tienen esta oportunidad, una brecha que se agranda cada vez más y que puede suponer una gran desventaja competitiva en su vida adulta.

El error de evitar el error

En nuestra cultura el error es algo que se intenta evitar por todos los medios. Ya desde pequeños enseñamos a los niños cómo debe hacerse cada cosa, con el fin de que aprendan a hacerlo correctamente, sin equívocos. Les damos esas lecciones paso a paso, primero va esto, luego aquello... Incluso entre adultos nos enseñamos y aconsejamos los unos a los otros, llegando a desesperar si alguien no nos hace caso y vemos claramente que va a cometer un error. Pero ¿qué tiene de malo el error? ¿Qué es lo peor que puede pasar si nos equivocamos? Realmente, salvo en cuestiones de vida o muerte, nada importante. En cambio, muchos errores pueden ser altamente creativos. 
El error, como elemento creativo, es aleatorio e imprevisible, de ahí su potencial y su riqueza. Escribir mal una palabra, cambiando su significado, equivocarse al coger el lápiz y acabar con un color diferente al deseado en la mano, no son más que oportunidades para descubrir opciones que, de entrada, no habíamos sopesado. 
Por ejemplo, los troncos de los árboles son marrones y ni se te ocurra dibujarlos de otros color. Pero en la vida real ¿de verdad son marrones? No lo son, realmente los troncos de los árboles son de colores grisáceos, marrones no hay muchos. No obstante, a los niños les enseñamos que los dibujen marrones y así anulamos incluso su propia percepción visual mediante un cliché.  Cuando se le pide a un niño ya enseñado que dibuje un árbol, quitándole el color marrón de la caja, dirá que no puede hacerlo aunque tenga delante mismo de sus narices un árbol normal con su tronco grisáceo sin ninguna clase de marrón.

Hay una dinámica de creatividad en la que se pide a un grupo de los asistentes que, utilizando fichas de scrabble, escriban diversas palabras de tres letras: ave, col, ala, etc. y finalmente se les pide que escriban la palabra "tul", aunque no hay ninguna ficha con la letra T. Con otro grupo se empieza directamente por la palabra "tul", sin otras palabras de ensayo previo. El grupo que no ha tenido las palabras previas tarda muchísimo menos en encontrar una solución para escribir la palabra sin la letra T. Esto se debe a que en su cerebro no ha tenido tiempo de asentar la idea de cómo hay que hacerlo,  no partía de una idea preconcebida sobre ese "cómo", mientras que el grupo que ha probado con otras palabras antes sí que la tiene, por lo que, ante la letra faltante, no saben cómo reaccionar.

Esto es lo que ocurre cuando enseñamos a los niños a hacer las cosas paso a paso: les enseñamos el "cómo" y su cerebro registra este modo de hacer como único posible, descartando otras opciones. Si en algún momento del proceso una de las piezas de este "cómo" les falta, su cerebro se quedará bloqueado por un buen rato, llegando incluso a creer que no es posible hacerlo sin la pieza faltante. Esto es lo que les ocurre también a muchos adultos que, ante estos tiempos de cambios imprevistos, con tantas piezas faltantes, no encuentran un "cómo" para reconstruir sus vidas, porque siguen buscando la T, porque siguen esperando que aparezca milagrosamente, o porque se han rendido creyendo que es imposible escribir sin la T.


Volviendo a los errores, al no enseñar este "cómo" a los niños, inevitablemente cometerán errores. En este camino de errores lo mínimo que puede ocurrir es que el resultado sea malo pero, al mismo tiempo, aprendan por qué no ha funcionado su invento (y esto hará que nunca más cometan los mismos errores, al contrario de lo que ocurre cuando te lo dan todo masticado); no obstante puede ocurrir que en el camino de errores encuentren algo diferente, algo que nadie ha encontrado antes y acaben aportando una innovación valiosa. Puede ocurrir que un error les lleve a una asociación de ideas inesperada y acabe siendo un acierto. Lo que sí es seguro es que si dejamos de penalizar el error y dejamos de transmitir a los niños que los errores se tienen que evitar, lograremos que sean personas más arriesgadas y, por lo tanto creativas. Serán personas que no se quedarán bloqueadas porque les falte la letra T o cualquier elemento de sus vidas que esperasen tener, porque sabrán que hay una solución para cada situación si se toman en tiempo de evaluar otras opciones.


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