Apps para desarrollar la creatividad de los niños

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Este artículo nace a raíz de una conversación en el muro de Facebook Laura Mascaró, donde me he comprometido a escribirlo. El tema es la tecnología. Hay muchos padres y madres que se resisten a acercar a sus hijos a la tecnología, creyendo que les perjudica o que perderán las habilidades analógicas, etc. Pero lo cierto es que esta privación del acceso a las herramientas, que han venido para quedarse, abre una brecha de habilidades y destrezas entre estos niños y los que sí tienen esta oportunidad, una brecha que se agranda cada vez más y que puede suponer una gran desventaja competitiva en su vida adulta.

¿Qué es el talento?

El talento es una de estas cosas que, por intangible y misterioso, cuesta definir. Hay unas cuantas versiones sobre su significado, pero parece que la más aceptada es la que dice que el talento es la facilidad natural para hacer determinada cosa.

Desde pequeños observamos que los niños tienen alguna facilidad especial en algún aspecto. Otros, en cambio, van por detrás de sus compañeros en este determinado aspecto. Entonces decimos (dictaminamos) que el que tiene la facilidad innata tiene talento, el que va por detrás es un negado y los otros son la media (o mediocres). Y los niños, que confían en nosotros como seres casi omniscientes, lo toman por gran verdad y actúan en consecuencia.

Creo que este modo de proceder, esa manía que tenemos los adultos de clasificarlo todo desde un principio, es uno de los mayores destructores de talento que existen. Que uno tenga la facilidad innata, sin necesidad de esforzarse, para hacer determinada cosa no es garantía de talento, a mi modo de ver, faltan todavía ingredientes en la mezcla para que pueda llamarse talento. Al mismo tiempo, que un niño vaya por detrás de sus compañeros tampoco significa que sea un negado, significa que todavía no ha llegado a este punto. Del mismo modo que, al crecer, no lo hacemos de manera proporcionada, la inteligencia y las habilidades crecen a distintas velocidades. Y, del mismo modo que de adultos llegaremos todos a tener las proporciones físicas adecuadas, con la inteligencia y las habilidades pasa igual: tarde o temprano todos las vamos a alcanzar. 
O no. Si desde muy pequeños se nos dice que hay cosas para las que somos negados, no nos vamos a esmerar en este aspecto, ya sabemos de antemano que, por mucho esfuerzo que pongamos, nunca haremos nada que merezca la pena. Además ¿a quién le gustan las críticas? Los niños prefieren dedicar sus esfuerzos a triunfar (y a obtener aprobación adulta) que a sufrir realizando un trabajo que luego será criticado. 
Y así es como sentenciamos los destinos, etiquetando desde mucho antes de que el niño haya llegado a desarrollar sus capacidades.

Pero volvamos al talento. El talento no es la facilidad innata de hacer determinada cosa, porque como decía antes, con el tiempo todo el mundo acaba alcanzando este nivel. Sí que es una gran ayuda, porque esta facilidad nos hará recibir aprobación, por lo que vamos a dedicar más tiempo a esta cosa que se nos da bien y esta aprobación hará que disfrutemos de la actividad al relacionarla con algo positivo. Y aquí es donde sale un segundo ingrediente de mi versión de la definición de talento: el disfrute. 
El disfrute suele derivar en pasión y en mucha dedicación. El disfrute es un antídoto para superar los fracasos y el motor para estar muchas horas practicando. Y esta práctica va a derivar en mayor facilidad, ya que las neuronas refuerzan su recubrimiento de mielina cada vez que repetimos una acción, por lo que los impulsos eléctricos viajan a mayor velocidad y esto es lo que hace que nos resulte cada vez más fácil realizar dicha acción. Nadie piensa ahora en cómo hay que hacer para desplazarse caminando, a base de practicar tenemos esta acción muy interiorizada y seguro que nos resultaría muy complicado hacer cada pequeño movimiento de forma consciente; en cambio, en nuestros primeros pasos, toda nuestra inteligencia y coordinación se involucraban en ese pequeño paso y luego en el siguiente, hasta conseguir cruzar la habitación de lado a lado. Lo mismo pasa con cualquier aprendizaje si se practica lo suficiente, pero sólo vamos a practicar lo suficiente si disfrutamos con ello (o tenemos una necesidad imperiosa, como en el caso de aprender a caminar).

Así que tenemos la habilidad (temprana o tardía) y el disfrute como ingredientes del talento. Pero todavía falta más, con sólo habilidad y disfrute no se consigue una persona de talento. Pongamos por ejemplo a las personas que pintan, incluso de manera hiperrealista, copiando una imagen hasta el punto de que no se distinguen el original de la copia. ¿Tienen talento estas personas? A mi modo de ver, no necesariamente, todavía no lo han demostrado. Tienen gran habilidad, desde luego, y muchas horas de practica, pero todavía no han creado nada propio. El talento implica necesariamente creatividad, aportar algo nuevo con el trabajo propio. Y aquí es donde interviene el tercer ingrediente de mi fórmula de talento: las ganas de experimentar y de probar modos diferentes de hacer, las ganas de ir más allá de lo que se ha hecho hasta el momento y de descubrirse a uno mismo en la propia obra. Y este ingrediente esencial sólo llega con la madurez. Los niños, aunque sean grandes experimentadores, no tienen esa necesidad de descubrirse y entenderse a sí mismos que tenemos los adultos. Ellos simplemente son y, si nadie les dice cómo son, ni se plantean el tema. Experimentan por puro placer de experimentar (y esto, por cierto, está muy bien).

Así que, para potenciar el talento de los niños, en primer lugar, hay que dejar que se desarrollen en todos los aspectos, al ritmo que lo haga cada uno, sin dictaminar sentencia sobre sus posibilidades. En segundo lugar, se debe asociar todas y cada una de sus actividades al disfrute. Y, por último, darles herramientas para desarrollar su creatividad. El ingrediente mágico llegará cuando ya hayan dejado de ser niños.






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