Apps para desarrollar la creatividad de los niños

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Este artículo nace a raíz de una conversación en el muro de Facebook Laura Mascaró, donde me he comprometido a escribirlo. El tema es la tecnología. Hay muchos padres y madres que se resisten a acercar a sus hijos a la tecnología, creyendo que les perjudica o que perderán las habilidades analógicas, etc. Pero lo cierto es que esta privación del acceso a las herramientas, que han venido para quedarse, abre una brecha de habilidades y destrezas entre estos niños y los que sí tienen esta oportunidad, una brecha que se agranda cada vez más y que puede suponer una gran desventaja competitiva en su vida adulta.

La libertad personal

Casi toda la gente que conozco dice que le encantaría volver a la infancia, pero yo no volvería por nada en el mundo. Recuerdo con gran horror esa etapa de mi vida: nunca podía hacer nada de lo que yo quería ni de la manera que yo quería, al menos esa es mi percepción ahora.

Estamos todo el día encima de los niños enseñándoles cómo hacer todas y cada una de las cosas que hacen: cómo lavarse los dientes, cómo sentarse, cómo pronunciar las palabras correctamente... Incluso he visto educadores que les enseñaban e instruían en el modo correcto de merendar: las galletas a la derecha bien apiladas una encima de la otra y el zumo a la izquierda, todo bien colocado sobre una servilleta. Lo he visto. En serio, lo he visto con mis propios ojos. Y he visto a esos niños merendando como perfectos robotitos, con las galletas y el zumo colocados exactamente de la misma manera, cuando en principio se trataba  de su tiempo de descanso. Hasta masticaban al mismo ritmo.

Dejando de lado este caso tan exagerado, lo cierto es que les enseñamos continuamente cómo hacer hasta la más pequeña cosa, porque para todo hay un modo correcto. Si espontáneamente deciden ayudar con la cena y se ponen a pelar una patata, estaremos listos para decirles: "No, así no se hace, mira, te enseño". Con todo el cariño y la dulzura del mundo, pero calificando su modo de hacer como equivocado. 
Los niños reciben tantísimas correcciones a lo largo del día que ni entiendo cómo conseguimos salir sin depresiones brutales de la infancia. Tal como soy ahora, yo no resistiría otra infancia y, desde luego, prefiero la libertad adulta.


De acuerdo, no existe la libertad absoluta, todos estamos a merced de alguna cosa, de leyes, empleos, normas sociales básicas... Pero tenemos libertades en nuestra vida privada y en nuestra intimidad: podemos probar a hacer las cosas de otra manera, podemos priorizar aquello que nos parece más importante, podemos decidir a qué dedicamos el tiempo libre, podemos elegir un modo de vida que se ajuste a nuestras necesidades. Y desde luego, durante el almuerzo podemos colocar las galletas a la derecha, a la izquierda, apiladas o amontonadas o en fila india, o cómo nos plazca, porque ni el jefe más tirano se atrevería a rechistarnos al respecto. Esto es lo que yo llamo la libertad personal. Y esto es de lo que sistemáticamente se priva a los niños en nombre de la educación. Claro, hay distintos grados, hay quién llega a crear robots con sus reglas estrictas y hay quien "sólo perfecciona", pero todos, TODOS hacemos correcciones, y son varias correcciones las que hacemos cada día.

¿Qué ocurriría si dejáramos que el niño pele esa patata a su manera? Ya he hablado sobre la importancia de la experimentación. Para que ésta pueda darse hace falta una dosis de libertad personal. Los niños son personas, por lo tanto necesitan (y tienen derecho a) disponer de su libertad personal.


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